Opinión, 23 de enero de 1996
Cultura científica
A puertas del tercer milenio, en el que se vivirá las aplicaciones intensivas de la ciencia y la tecnología, es urgente una política cultural integradora e innovadora, acorde con la tendencia mundial de competitividad y globalización.
En tiempos pasados, el Latín era un conocimiento fundamental para seguir estudios superiores. Hoy en día son las matemáticas que sirven de tamiz para el ingreso a las universidades. Antes, para ser arquitecto era suficiente ser un poco artista; hoy, la arquitectura moderna requiere conocimientos de ciencias básicas, con los que se logra comprender y concebir diseños apropiados para el aprovechamiento óptimo de los materiales en las edificaciones.
Terminó el reinado de la memoria, que daba certificado de cultura a los que se convertían en diccionarios vivientes. Hoy estamos en la era de la informática, en que los niños usan las comunicaciones electrónicas para ingresar a las bases de datos disponibles en redes nacionales e internacionales. La juventud vive otra era y los que no son capaces de actualizarse quedan en el conjunto de los incultos “modernos”.
En el país está surgiendo generaciones con nueva cultura compuesta por todo lo que se experimenta desde la niñez y lo que se va integrando en el transcurso de la vida. Gente proveniente de los lugares económicamente más pobres, donde dominaban a la perfección el vocabulario “florido y contundente” de los puertos, ha adquirido la artillería cultural que le permite comunicarse con el mundo entero usando su computadora y la terminología internacional, en la que dominan la ciencia y la tecnología.
La falta de cultura científica tiene también graves consecuencias en los debates sobre temas que interesan a la sociedad. Los efectos de la radiación en el ser humano, la contaminación ambiental, el efecto invernadero, la capa de ozono, la ingeniería genética, la herencia genética, la alimentación apropiada, la computadora, la energía nuclear, etc., son temas sobre los cuales toda persona con cierto poder de decisión debe conocer. Y este no es el caso. La gran mayoría de los congresistas, por ejemplo, son ignorantes en ciencia y tecnología. Más aún, no comprenden su importancia. Pero ello no impide que hablen de ella.
Muchos conocen todos los museos de Lima, pero ¿Cuántos conocen el Centro Nuclear “RACSO” o simplemente el reactor RP-0 del IPEN de San Borja? ¿Cuántos han visitado el Observatorio de Jicamarca y los laboratorios de IMARPE, INIA o del INICTEL?
Culturizarse no es sólo devorar libros o escuchar música clásica, conocer todas las canciones de la Pastorita Huaracina o expresarse cómodamente con palabras vulgares. Culturizarse es también comprender los mecanismos de la investigación científica y la infraestructura científica y nacional. Las civilizaciones que florecieron en el antiguo Perú, hace más de 500 años, dominaron la ciencia y la tecnología, lo que les permitió vivir decorosamente. La cultura que vino después ha dado lugar al actual Perú, con todas las características que confronta la peruanidad.
Nuestra pobreza va junto al sano orgullo de tener un candidato al premio Nóbel de Literatura, porque la Literatura encuentra el aprecio de nuestra gente culta.
Es estos tiempos está surgiendo otro fenómeno cultural: el gerencial. Connotados líderes políticos –usuarios permanentes de los medios de comunicación- nos dicen que en el país se necesita “gerentes”. En consecuencia, los jóvenes buscan las carreras “gerenciales”, abandonando las incipientes carreras de ciencias e ingeniería, las que han dado buenos resultados en todo el mundo.
Esta realidad debe hacer reflexionar a los líderes políticos y a los intelectuales, sobre todo a los que tienen ambas responsabilidades. Es tiempo que el Congreso se culturice en ciencia y tecnología. No se pide que sean expertos en estos temas; es suficiente que traten de comprender su naturaleza y sobre todo su trascendencia.