16 Mayo, 2004
Físico nuclear
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Opinión, 24 de mayo de 1996

Chernobil: diez años después

En la madrugada del 26 de abril de 1986, una explosión en un reactor nuclear RBMK de 1,000 megavatios de la planta de Chernobil; en el norte de Ucrania, dio lugar a uno de los peores accidentes tecnológicos del siglo XX. El desastre se produjo por una serie de errores de operación y por falta de la debida seguridad tecnológica en el reactor desde su diseño. Este reactor ni siquiera tenía una cúpula de protección para impedir la salida de sustancias radiactivas.

La explosión expulsó las sustancias radiactivas hacia el medio ambiente. Estas sustancias se producen en la fisión de los núcleos de uranio, la que da lugar a dos fragmentos radiactivos de fisión y una gran cantidad de energía es aprovechada para generar electricidad.

El conjunto que explotó estaba compuesto por unas 2,000 toneladas de material del núcleo del reactor. Las centenares de toneladas de grafito que servían de moderador prendieron fuego, el que se mantuvo por unos diez días. Los vientos transportaron las sustancias radiactivas a toda Europa, contaminando terrenos de cultivo, lagos y ríos. Diez años después, científicos de todas las disciplinas, desde físicos hasta psicólogos, estudian los efectos de ese accidente.

La explosión de Chernobil no fue nuclear, pero liberó centenares de veces más radiactividad que las bombas de Hiroshima y Nagasaki.

Inmediatamente después de la explosión cayeron enfermos 187 personas del lugar, de las cuales murieron 31. La mayoría eran bomberos. La radiación era tan alta que en una hora se recibía en una dosis centenares de veces superior al máximo recomendado para el público en un año por la Comisión Internacional de Protección Radiológica.

Científicos que se encontraban en la región afirman que la situación que se vivía era indescriptible. Los habitantes buscaban desesperadamente como evacuar a sus hijos a otras ciudades y algunos perdían el equilibrio psicológico.

El iodo 131 era el radioisótopo más peligroso en los días posteriores a la explosión. Este radioisótopo, con una vida media –el tiempo en que la actividad se reduce a la mitad- de unos 8 días, libera su radiación en forma intensa y rápida. El estroncio 90 y el cesio 137 tienen una vida media de unos 30 años. El cesio es el que va a dar lugar a una mayor dosis a largo plazo.

Unos 260,000 kilómetros cuadrados de Ucrania, Rusia y Bielorrusia quedaron contaminados de cesio 137. Los trabajos de limpieza involucraron a 400,000 personas. De estas, 30,000 cayeron enfermas y 5,000 ya no pueden trabajar por efectos de la enfermedad. Los síntomas iniciales son fatiga, apatía y el decrecimiento de glóbulos blancos.

Más de 4,000 niños recibieron, por inhalación de iodo 131, más del doble de la dosis máxima de radiactividad recomendada para la tiroides. Como consecuencia, sufren de inflamaciones crónicas a la tiroides y comienzan a producirse casos de cáncer en una tasa mayor que la existente antes del accidente. Otros efectos que han sido observados entre el personal de limpieza de las áreas contaminadas son impotencia a anormalidades en el esperma.

Además de los efectos físicos hoy se hace referencia a efectos psicológicos del accidente, habiendo un aumento considerable de casos neurosiquiátricos, sobre todo en niños evacuados. Después de Chernobil se han realizado una serie de congresos sobre seguridad nuclear, dando lugar a profundas revisiones en los conceptos sobre este tema, especialmente a una mayor automatización y control de plantas nucleares.

Es indudable que el accidente de Chernobil han acentuado el temor nuclear que nació con Hiroshima y Nagasaki, pero no debemos olvidar que Hiroshima fue una locura de guerra y Chernobil una cascada de errores que no deben ocurrir si se respeta los reglamentos de seguridad existentes desde hace mucho tiempo.