El Comercio, El Dominical, 14 de Septiembre de 1997
Formación para el siglo XXI
El astronauta Carlos Noriega se ha convertido en un símbolo y un ejemplo para los escolares peruanos. Muchos de ellos le han preguntado cómo hacer para tener posibilidades de viajar al espacio. La respuesta siempre ha sido la misma: dedicarse al estudio de la ciencia. Los programas de colaboración científica y tecnológica en un mundo globalizado ofrecen cada vez mayores oportunidades a los ingenieros y científicos mejor preparados.
Pero no sólo para los futuros astronautas es necesaria una formación científica. En realidad, en los diversos campos de la actividad humana del siglo XXI se tendrá un fuerte componente científico y tecnológico. Por esa razón, en casi todos los países del mundo se establecen programas especiales de mejoramiento de la enseñanza, los que abarcan tanto la enseñanza escolarizada como otras formas de incentivar el interés en la ciencia. En América Latina, la UNESCO auspicia la Red de Popularización de la Ciencia (Red POP), la que ofrece diversos espacios de diversión y esparcimiento con contenido científico.
En el Perú, los esfuerzos por mejorar la educación han dado lugar a una serie de certámenes en los que se analiza los contenidos y las formas de enseñanza de las ciencias. Surge de allí el consenso de que una organización natural de los contenidos empieza con el conocimiento del ser y su entorno, tanto terrestre como cósmico. Luego viene el microcosmos, cuyo conocimiento permite una mejor comprensión del ser humano y el fenómeno de la vida.
El ser humano, por ejemplo, es producto de la conjunción del macro y el microcosmos. Los fenómenos biofísicos y bioquímicos que se dan en el cuerpo humano resultan de la interacción de la radiación solar con los componentes moleculares de la células. En la evolución de la vida – a través de la mutación – la radiación cósmica juega un papel desencadenante. La radiactividad nuclear de origen microcósmico tiene consecuencias similares.
Los elementos ambientales como el aire y el agua, envueltos en una dinámica cambiante, dan al fenómeno de la vida un carácter cosmológico, comprensible a través de la física, la que da cuenta de vientos, lluvias y cambios climatológicos. Ellos nos lleva en forma natural al interés en los temas de catástrofes naturales: los sismos, las erupciones volcánicas, las tormentas y a otros eventos como el fenómeno de “El Niño”.
Hay aspectos de la naturaleza con menor interacción con la vida. Podemos mencionar, por ejemplo, las interacciones entre partículas elementales y la observación de las fronteras cósmicas relacionadas con el origen del universo.
La particularidad del ser humano consiste en el cambio que opera en su entorno, lo que hace mediante la tecnología. A través de la tecnología se genera energía, se construye instrumentos y maquinaria que mejoran las condiciones de vida y combaten enfermedades, alargando en consecuencia su esperanza de vida.
Sin embargo, el uso de la tecnología ha generado riesgos para el entorno del ser humano. El uso desmedido de combustible fósil y otras actividades industriales ha puesto a la humanidad ante una posible catástrofe ecológica. La creación de grandes ciudades agrava las condiciones ambientales.
En esa perspectiva, los hombres y mujeres del siglo XXI tienen que tomar las lecciones del siglo que termina para corregir rumbos. Será entonces necesario formar ciudadanos dispuestos a resolver los problemas sobre la base del conocimiento experimental y crítico. En consecuencia, los niños de hoy deberán ser formados con esas aptitudes a través de la observación, la experimentación, el análisis y el planteamiento de soluciones.
Los maestros se convertirán de esa manera en conductores en el aprendizaje del nuevo ser humano para un siglo que se presenta con muchas interrogantes. La nueva responsabilidad de los maestros obliga a establecer programas de capacitación en los que intervengan todas las instituciones científicas y tecnológicas del país. Estas instituciones serán también las beneficiarias de la formación de científicos e ingenieros de nivel internacional.
Vemos pues, que mirar hacia el siglo XXI significa comprender el tremendo desafío de llevar la competitividad científica y tecnológica de nuestro país a niveles internacionales. Ya no se trata de acortar la brecha, sino el abismo tecnológico.