El Comercio, 2 de noviembre de 1998
Futuras confrontaciones
Lo que más sorprende, en el umbral del tercer milenio, es el espíritu de colaboración que se difunde en todos los campos de la actividad humana. Este beneficioso proceso – el que envuelve desde pequeños grupos de trabajo hasta países y continentes – llegará sin duda alguna a lo largo de los Andes y a toda América.
Cuando ello ocurra, empezaremos a concebir una visión del mundo acorde con los avances del conocimiento. Sin embargo, para obtener un lugar bajo el Sol, será necesario prepararnos para una competencia basada en el conocimiento. La historia reciente nos muestra ese futuro que ya es realidad cercana.
Después de sostener la guerra más cruenta de la historia, los países europeos, Japón y Estados Unidos trabajan codo a codo, cerebro a cerebro, en la exploración del espacio y del mundo ultramicroscópico, en la que se descubren secretos que luego son aplicados en el mejoramiento de la calidad de vida. El proceso comenzó casi imperceptiblemente en el mundo científico. Los investigadores empezaron a conformar equipos de trabajo en sus respectivos laboratorios y, luego, éstos fueron creando proyectos conjuntos. Ante los retos tecnológicos, las instituciones nacionales se unieron para buscar lazos con instituciones de otros países.
En la nueva arena del mundo, las fronteras físicas van dando lugar a regiones de colaboración. El caso más notable es la construcción del Centro Europeo de Investigaciones Nucleares (CERN), el que ocupa territorios de Francia y Suiza, y que es utilizado principalmente por investigadores europeos, norteamericanos y japoneses.
La voluntad de unidad europea logra incluso unir países con vías bajo el mar, como es el caso del túnel entre Francia e Inglaterra, maravilla tecnológica y social. Actualmente, los países europeos están terminando la construcción de la unidad que los convertirá en un poderoso continente, listo para competir con otras potencias y, en un mediano plazo, para iniciar exploraciones espaciales.
Un signo de la nueva realidad se presenta en las comunicaciones electrónicas, las que se iniciaron para la comunicación entre científicos y que, finalmente, ha dado lugar al ciberespacio, el que nació ya sin fronteras.
Actualmente, los países están acelerando las negociaciones para lograr acuerdos regionales de colaboración, los que lentamente, pero en forma segura, están creando las bases para un mundo sin barreras internacionales.
Ante tales perspectivas, unos podrían preguntarse si el hombre ha perdido su espíritu competitivo. Nada más falso. Lo que sucede es el traslado de las confrontaciones al campo del mercado de productos y servicios. Los recursos económicos son usados en la formación de potenciales humanos, en investigación científica y tecnológica, precisamente dirigidas a mejorar el grado de competitividad de las empresas nacionales.
En la competencia de empresas y países surgen estrategias que posibilitan la supervivencia de los aliados.
La confrontación en la que estamos inmersos no es cruenta pero es tal vez más dura y con consecuencias no menos crueles. La pobreza generalizada de las poblaciones de los países perdedores llega a límites infrahumanos y las tensiones internas terminan por ser insostenibles.
Aquellos países que cuentan con recursos naturales, los que tienen cada vez menos valor, llegan apenas a convencer a empresas extranjeras para explotarlos. De esa forma obtienen divisas que no alcanzan ni siquiera para ofrecer una existencia en bienestar de sus poblaciones.