El Comercio, 22 de agosto del 2000
Los riesgos tecnológicos
El año 2000 ha sido particularmente preocupante para los países usuarios de alta tecnología, y – debido a que ella está por todos lados – también para el mundo entero. El último de los accidentes tecnológicos es el hundimiento del submarino ruso Kursk, en el mar de Barents. Este desastre ha revivido las interrogantes sobre los riesgos tecnológicos. En esta nota recordaremos algunos de los accidentes que causaron impacto mundial en las últimas décadas.
El 28 de enero de 1986, poco después de ser lanzado, explotó el transbordador Challenger y provocó la muerte de seis astronautas y de una profesora. Este accidente fue una devastadora desgracia en Estados Unidos y la causa de un verdadero cataclismo en la NASA. Por ello se formó una comisión investigadora, compuesta por políticos, militares, astronautas y el físico Richard Feynman. La presencia de Freynman hizo la diferencia entre saber la verdad sobre las razones del accidente y dejarlas en el mundo del misterio, como dijo Freeman Dyson, en el libro “El placer de encontrar cosas” (Helix Books, 1999).
En una ahora célebre conferencia de prensa, usando una taza de agua helada, Feynman mostró que, durante el lanzamiento, una empaquetadura clave en el transbordador no funcionó adecuadamente debido a que se le lanzó cuando la temperatura ambiente era demasiado baja. Los ingenieros que construyeron el Challenger reconocieron que no debió ser lanzado ese día, pero la demanda de puntualidad – útil para la imagen institucional – primó sobre el cuidado y la seguridad del programa del transbordador.
Meses más tarde, en la madrugada del 26 de abril de 1986, una explosión en un reactor nuclear RBMK de 1.000 megavatios de la planta de Chernobil, en el norte de Ucrania, dio lugar a uno de los peores accidentes tecnológicos del siglo XX. El desastre se produjo por una serie de errores de operación y por falta de la debida seguridad tecnológica en el reactor desde su diseño. Este reactor ni siquiera tenía una cúpula de protección para impedir la salida de sustancias radiactivas. La explosión expulsó las sustancias radiactivas hacia el medio ambiente, lo que produjo numerosas víctimas en la población circundante.
El estudio de ese accidente fue realizado por el Organismo Internacional de Energía Atómica y hoy se está aprovechando sus resultados para disminuir riesgos nucleares en todo el mundo.
En el año 2000, el accidente fatal del avión supersónico europeo Concorde mostró que aun la más sofisticada tecnología no está libre de accidentes (Europa ha tenido otros accidentes espectaculares – aunque sin víctimas personales – como el de la explosión en pleno proceso de despegue de uno del cohetes del programa Arianne).
Hoy, el accidente del submarino Kursk ha vuelto a la actualidad el tema de los riesgos tecnológicos. El mundo entero sigue, minuto a minuto, los intentos por rescatar el Kursk. Sin embargo, la preocupación por salvar las vidas humanas opacó otros aspectos no menos importantes, entre los que no debe olvidarse los riesgos de contaminación nuclear que puede dar lugar un accidente de un submarino nuclear. Respecto a este último punto, debemos decir que, normalmente, los submarinos nucleares tienen niveles de seguridad en los que se toma en cuenta la posibilidad de choques o explosiones internas.
Tal parece que el diseño del submarino Kursk ha tomado en cuenta la eventualidad de un accidente como el ocurrido, en cuyo caso no habría contaminación radiactiva en los mares. Sin embargo, el accidente nos hace pensar en la responsabilidad de las potencias nucleares que tienen submarinos viajando por todo el mundo, cuya probabilidad de desastre no es nula y, por lo tanto, el mundo no está libre de los riesgos de contaminación accidental.