El Comercio, 4 de enero del 2000
Albert Einstein, el cerebro de la centuria
Albert Einstein ha sido designado, por la revista norteamericana “Time”, como la personalidad del siglo XX, con lo que se consagra el espíritu científico, caracterizado por la curiosidad, la necesidad de comprender los fenómenos naturales, el inconformismo intelectual, a lo que se suma su infatigable lucha en defensa de los principios humanitarios.
Al finalizar su infancia, como lo señala en su autobiografía, Einstein tuvo en sus manos unos libros de divulgación científica que le permitieron darse cuenta de que en las escuelas se enseñaban cosas que no correspondían con la realidad.
Descubrió que muchas veces la sociedad era motivada por razones contrarias a la verdad y la honestidad. Ese desengaño lo llevó a desconfiar de la educación formal y lo indujo a buscar sus propios caminos. Tanto fue su desengaño por la educación tradicional que dejó de asistir a la escuela por períodos. Los profesores no apreciaban esta actitud ni tampoco su personalidad lejana de la disciplina de la escuela.
En la universidad, a Einstein tampoco le encantaba escuchar clases; pasaba los cursos gracias al apoyo de un amigo, quien le llevaba los apuntes a casa. Ello también le costó el aprecio de sus profesores. Cuando terminó sus estudios, tuvo terribles dificultades para encontrar un puesto de asistente en la universidad.
Sin esperanzas de lograr un lugar en la universidad, aceptó un trabajo en una oficina de patentes. Aunque aislado del mundo académico, a Einstein le gustaba el debate, el intercambio de ideas con personas estimulantes. Con dos amigos formó un círculo de estudio, que se reunía en torno de un café o una cerveza.
Lo extraordinario sucedió en su soledad. Basado en resultados que sobre la luz habían obtenido otros físicos, encontró la teoría que permitía interpretar la independencia del observador de la velocidad de la luz: la teoría de la relatividad especial. Luego planteó la teoría de la relatividad general, según la cual el espacio era curvado por la presencia de masas, prediciendo que la luz era desviada al pasar por las cercanías del Sol.
La comprobación espectacular de la validez de sus teorías hizo que el mundo lo reconociera como uno de los más brillantes científicos de la historia. Universidades prestigiosas compitieron para tenerlo en su plana docente. Se decidió por Berlín.
Su disconformismo no se limitó al ámbito académico. Antes de conocer el éxito y la fama, el ambiente militarista que comenzaba a surgir en Alemania lo llevó a realizar una serie de engorrosas gestiones para renunciar a su nacionalidad alemana y optar por la suiza. La historia también le dio la razón. Alemania perdió el timón y se echó a los brazos del nazismo, y Suiza acentuó su carácter pacifista. El nazismo puso en peligro su vida, por lo que partió a los Estados Unidos. Allí convenció al Gobierno para construir el arma atómica antes que los nazis, quienes tenían todo para hacerlo en un mediano plazo.
Varios científicos europeos habían escapado del nazismo y participaron en ese trabajo espectacular.
Afortunadamente, el nazismo cayó sin necesidad del arma atómica; pero, desgraciadamente, ésta fue usada sobre poblaciones civiles en Hiroshima y Nagasaki.
Albert Einstein, totalmente decepcionado por este hecho, se dedicó a defender la paz y la amistad entre los pueblos. Esta lucha la hizo con pasión, creando un movimiento pacifista entre jóvenes, quienes hasta hoy ven en Einstein al eterno joven rebelde contra la irracionalidad que algunas veces surge en el mundo.
En los años sesenta, cuando los jóvenes de pelo largo eran menospreciados, se publicó un afiche con la foto de Albert Einstein con la leyenda “Él también lleva los cabellos largos...”. |