Recuerdos de vida

Por Modesto Montoya
Los primeros recuerdos me llevan a un desierto y una carretera (Huambacho, al norte de Chimbote, principios de los 50, se construía la panamericana y donde mi padre, Alvaro, trabajaba como carpintero), palas mecánicas y una habitación de estera, donde un día casi lo destruye un volquete. Me acuerdo ver pasar un tren que nos lanzaba una que otra de las tantas cañas de azúcar, su carga rutinaria.
En otro recuerdo de niñez (1954?) me veo con un palo "participando" en la invasión de los arenales del que sería el barrio "Bolivar" (más tarde "Progreso") donde levantamos nuestras esteras e hicimos nuestra casa ... con mirada al mar. Me acuerdo el primer día que ingresé a la Escuela "El Santa", guiado por mi madre y luego los paseos escolares en la límpida playa frente al Hotel de Turistas (Plaza 28 de julio). Los carreteros y los muy muyes eran objetos y víctimas de mi curiosidad.
Mi primera admiración fue la planta siderúrgica de SOGESA (hoy Siderperu), tremendo complejo tecnológico con extraordinarias máquinas. A SOGESA ingresó mi padre, luego de experimentar diversos trabajos temporales. Cuando visitaba la planta, me causaba admiración los electroimanes cuando levantaban la chatarra. Los imanes que llevaba a la casa eran motivo de juego, sobre todo su efecto las trazas de hierro en la arena.
Mi padre y su pasión por las guitarras que las construía en su taller me indujo a mis primeros intentos de imitarlo, usando alcohol y tubos calientes para dar forma a la guitarra. Recuerdo haber construido una alcancía bien encharolada que se me ocurrió querer ofrecerla a los vecinos del barrio. No tuve clientes y ahí terminó mi precoz y breve carrera de comerciante.
Mi madre (Clara) no se acostumbró nunca lejos de su tierra. Me llevó a Salpo. Traumática fue mi llegada a Salpo (3560 msnm), en 1958, y mi primera comida al que no estaba acostumbrado (sopa de trigo medio molido con papas llamado shambar). Me tuvieron forzar para comerlo, era la dieta diaria. Luego, claro, me acostumbré y terminó gustándome, pero sobre todo el "shambar entero", que algunas veces tenía cuero de chancho. Tuve que agenciármelas para conseguir de vez en cuando algo de huevos y carne, y muy pero muy de vez en cuando alguna fruta. El plato más apreciado era el guisado de cuy, que hasta ahora lo busco para mis almuerzos en Lima, pero sobre todo cuando visito Trujillo.
En Salpo aprendí a coger tunas y buscar nidos de palomas y perdices y matar con mi "huaraca" pájaros para ponerlos a la brasa. Cuando había jamón, hacia lo indispensable para coger uno que otro pedazo y ponerlos sobre brasas: "deliciosos".
En Salpo, los recuerdos recurrentes me llevan a una mina, donde llegábamos con mis compañeros de la Escuela 255, para cargar saquitos de mineral entre dos o tres y ponerlos en un camión y recibir 20 centavos para comprarnos una "cachanga" con miel. En la Escuela teníamos que hacer nuestras propias tizas, sacando la "tierra blanca" de una mina a la que entrábamos con nuestras lámparas de carburo, como los mineros. Gran temor me causaba los socavones oscuros y húmedos, pero gran alegría sentía al salir y hacer nuestras bolitas de barro que al secarse se convertían en blancas tizas.
También se ha grabado en mi mente mis expediciones para buscar arcilla con qué construir los altos relieves que nos comprometíamos a hacer como trabajo manual.
Recuerdo igualmente mi trabajo de jardinería para cuidar mi parcela en la Plaza de Armas. En la plaza de armas nuestra escuela realizaba la ceremonia de saludo a la bandera y teníamos que escuchar los discursos del director, que nos recordaba que vivíamos cerca del cielo (en el "balcón de oro y mirador de Dios). Pero sobre todo, son inolvidables los jueves por las tardes que nos llevaba el profesor Estuardo Meléndez a recorrer el campo y conocer todo lo que teníamos que conocer para no sufrir percances con la naturaleza.
Maravillas fueron mis noches mirando el cielo estrellado y las innumerables "estrellas fugaces", al lado de mi abuelo José, quien miraba hacia Quiruvilca (al Este) tratando de predecir el tiempo de mañana. Salpo es un pueblo que sobrevive con la agricultura, y esperar la lluvia en diciembre es como esperar la continuación de la vida.
En 1960 murió mi abuelo José y volví a Chimbote. Mi padre sin consultarme me matriculó en el Instituto Industrial No 36, en la especialidad de electricidad. Me descubrí travieso y juguetón en el taller que al principio estaba vacío; el primer año casi me jalan por eso, si no fuera porque para recuperar de mis travesuras en el último bimestre hice la maqueta de una casa con sus correspondientes instalaciones eléctricas, lo que gustó al severo profesor de taller de electricidad que se ocupaba de nosotros dos días y medio a la semana. Los otros eran dedicados a la instrucción premilitar, a la religión, entre otros cursos.
Mi mayor interés por la electricidad aumentó cuando hice prácticas en el taller eléctrico en planta siderúrgica de SOGESA. Es talvez la primera vez que sentí orgullo por ingresar a centro de tecnología. Mi primera prueba fue la de construir un transformador de 220 voltios de entrada a 3, 6, 12 y 24 voltios de salida. Tuve que hacerlo "de A a Z" con los materiales que sobraban y llegar a un acabado atractivo, que incluía un pintado "al duco". Cada día era el primero en llegar al taller para proseguir mi proyecto. Tuve que leer todo sobre el tema, para calcular el número de espiras del primario y secundario, el número del alambre y la forma del núcleo. Me llamó la atención el efecto de las invisibles líneas del campo magnético variable.
En el barrio "Bolivar" había competencia de juegos, competencia de "run run", competencia de hélices voladoras (cuál llegaba más alto) y una serie juegos que son verdaderos experimentos de física, que me fascinaban. El experimento del "submarino", consistente de un gotero que bajaba y subía dentro de una botella llena de agua, por ejemplo, me costó trabajo para dominarlo y comprenderlo.
El "fulbito" callejero y en las pampas arenosas de Chimbote eran también nuestro pasatiempo. Entre la casa y Sogesa estaba el extraordinario humedal cuya pálida expresión es el hoy llamado "vivero forestal Los Pinos". Un tremendo canal construido con baldosas que cruzaba el vivero poblado de una variada fauna nos brindaba un ambiente de juego y esparcimiento infantil, sin dejar de lado el temor que yo sentía al ingresar a un bosque casi impenetrable. Llegar a la baldosa era, de todas formas, una aventura entre juncos y pinos. Luego se construyó la avenida Industrial que destruyó ese paraíso que hasta hoy extrañamos y que ha significado un irreparable deterioro ecológico.
En 1966, fui becado al Politécnico "José Pardo" (sexta cuadra de la Avda. Grau) donde tenía alojamiento y alimentación. Los laboratorios del José Pardo, sobre todo los de electrónica, eran avanzados. Sin embargo, yo quería comprender las bases de todo lo que había practicado en los talleres de electricidad. Ese año me di cuenta que lo que más me gustaba era las matemáticas y la física, las que me permitirían comprender las bases de todo lo que había experimentado en los talleres de electricidad. Pero sobre todo, me atraían los ejercicios mentales que significaban los problemas de matemáticas y la solución de problemas de física.
En 1967, ingresé a la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad Nacional de Ingeniería (UNI). Mi primer profesor, el Dr. Víctor Latorre, físico nuclear con pedagogía especial, incrementó mi atracción por la física. A pesar de ello, las matemáticas eran lo que más me gustaban. La química era divertida, pero había una falta de teoría que le hubiera dado su gusto de ciencia completa.
Mi trauma educacional lo tuve con el concepto de límite. La profesora argentina Zanardi (varios profesores argentinos llegaron por los problemas políticos) logró finalmente romper la barrera sicológica entre lo concreto y la abstracción. Luego todo fue más fácil.
Al terminar el primer año de estudios en la UNI, el Dr. Latorre me convenció para "sacrificar" mis vacaciones de verano, y llevar un curso de Mecánica teórica, que era destinado a estudiantes de grados superiores. Esa experiencia incentivadora me llevó a decidirme por la física.
Entre los alumnos destacados con los que compartí cursos estaban Marcelo Morales (hoy profesor de la Universidad de Grenoble), Mauro Zevallos (que llegó a vicerrector de la UNI), Roxana Arrese (actualmente en Francia), Fernando Ponce (hoy proferor de la Arizona State University), Víctor Coronel (doctorado en Columbia y profesor en la CUNY en New York) y Alberto Cordero (que hizo luego su doctorado en filosofia y enseña en New York). Entre mis compañeros de ingreso también estan Lucia Villanueva (IGP), Alberto Pérez, Víctor Valdivieso (UNI), Luis Paihua (URP), entre otros. En la residencia alterné con varios compañeros, en especial Víctor Coronel, con quien mantenemos correspondencia.
Viví un tiempo en la residencia universitaria y, gracias a que nuestros profesores, en especial el Ing. Carlos Hernández, usábamos los libros de su oficina de profesor. Los profesores Balfour Merovicci, Ferndinand Volino, Manfred Horn, Holguer Valqui, Ernesto López Carranza, Benjamín Marticorena, Mauro Chumpitaz, Gerardo Ramos, entre otros, fueron decisivos en mi carrera.
Dirigido por el Dr. Latorre, hice una tesis de bachillerato sobre simulación del experimento de Rutherford, usando las facilidades del Centro de Cómputo de la Universidad San Marcos. Tuve allí la primera interesante experiencia de la cooperación interinstitucional que tanto se necesita. El laboratorio de cómputo era dirigido por Flavio Vega Villanueva, el autor de los libros de cálculo que usamos en la secundaria.
En 1975, en la UNI terminé la maestría en ciencias -la que era dirigida por el Dr. Carlos del Río- con la tesis sobre relatividad "Análisis cronométricamente invariante de la teoría unitaria no simétrica", dirigida por el físico teórico José Carlos del Prado. Fui el segundo graduado (el primero fue el profesor argentino Horacio Verdún). En ese periodo tuve la fiebre de la docencia. Enseñé en las universidades Católica, Ricardo Palma, San Marcos, Cayetano Heredia y en la San Luis Gonzaga de Ica (en su local de Lima).
Con beca del gobierno francés, entre setiembre 1975 y junio 1976, hice el DEA de física nuclear y de partículas en el Instituto de Física Nuclear (IPN) de Orsay (Francia). Compartí las aulas con estudiantes de doctorado de diversas universidades francesas y del extranjero así como de las grandes escuelas de ingenieros y del Escuela Normal. Había entre ellos una competencia cuya naturaleza al principio no comprendí, y que responde a los tintes elitistas del sistema educativo francés.
Entre mis compañeros estuvieron Nicolas Alamanos (hoy en la Comisión de Energía Atómica, CEA, de Francia), Ben Abdelkader (en la Universidad de Tunisia), Martine Detremmerie (CEA), Alain Durand (en COGEMA), Daniel Froitzheim (CNRS), Hhilippe Gouard (CEA/DAM), Dominique Guillemaud-Mueller (CNRS),Agnieska Jacholkowska (CNRS), Venance Journe (CNRS), Theodore Kazantzis (en Grecia), Diaf Fatiha (en Costa de Marfil), Dominique Leglu (periodista científica), Francois Mane, Jacques Martino (CEA, Saclay), Marie Genevieve Moya (CEA), Didier Ovazza (Thomson/CSF), Camille Pisani, Alain Roques (Eurogram), Francois Saint-Laurent (CEA-Cadarache), Clément Tur (Syseca Temp reel), Didier Vilanova (CEA, Saclay), Sylviane Zaninotti (CEA, Saclay). En el IPN conocí a un buen amigo de Perú, el Dr. Francois Naulin (U. de Orsay), quien me ayudó en la solución de problemas propios de estudiantes extranjeros.
En junio 1976, la directora del IPN me dio a conocer que había sido seleccionado para recibir una de las asignaciones de la Dirección General de Investigación Científica y Técnica (DGRST) para realizar una tesis de doctor de tercer ciclo en el laboratorio que yo escogiera. Me decidí por el Centro de Estudios Nucleares de Saclay de la Comisión de Energía Atómica (CEA) de Francia, donde hice una tesis con la que obtuve el doctorado de tercer ciclo en física nuclear y física de partículas. Realicé prácticas sobre cámara de filamentos bajo la supervisión de la profesora Nadine Marty.
Dirigido por el Dr. Claude Signarbieux, la tesis de tercer ciclo la hice en un año porque quería regresar lo antes posible a Perú. En 1977, al terminar la tesis (Simulation para la Méthode Monte Carlo d'une Experience de Fisión sur le Partage entre les deux Fragments de l'Energie d'Excitation du Système), el CEA me propuso seguir para obtener un doctorado estado, lo que era para mí un reto y lo acepté. Siempre en el equipo del Dr. Signarbieux, realicé experimentos sobre la fisión fría en el reactor europeo de alto flujo del Instituto Von Laue Langevin (ILL) de Grenoble. En mi estadía en Saclay hice buenas migas con Bernard Fabbro, Michel Bolore, Edmond Olivie y algunos colegas que mitigaron la pena de la lejanía de mi país.
En Saclay realicé una simulación de un experimento sobre la distribución de la energía cinética de fragmentos de fisión como ocurre en el instrumento "Lohengrin" del ILL y la mostré al grupo de realizaba los experimentos, entre los que estaban Herve Nifenecker y Frederick Gonnenwein. Los resultados de la simulación fue reproducida por dicho experimento, lo que fue presentado en el Simposio Internacional sobre Física y Química de la Fisión, organizado por el OIEA en en 1980, en Juelich, Alemania.
El 9 de octubre de 1981 sustenté la tesis de doctorado de estado (Contribution a l'Etude de la Dinamique du Processus de Fission, Les Fragmentations Froides dans la Fission de 233U, 235U induite par Neutrons Thermiques). En el jurado estuvo Nadine Marty, Marc Lefort, Bernard Leroux, Hervé Nifenecker, René Joly y Claude Signarbieux.
A fines de 1981 regresé al Perú y el Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN) me abrió las posibilidades de trabajar tan pronto como yo lo decidiera.. Fui a Francia, arreglé todo lo que tenía que arreglar en Saclay, y regresé en marzo del 1982.
El IPEN era entonces gobernado por militares, quienes tomaban decisiones que no eran muy incentivadoras para los científicos. Los trabajadores reclamaron cambios, sobre todo en el tema salarial (se ganaba unos cien dólares). Los apoyé en sus reclamos y, en 1984, terminé despedido. Para seguir investigando partí a laboratorios amigos que me brindaron esa oportunidad. Pasé un año como investigador invitado en el Instituto de Investigaciones de Iones Pesados (GSI) de Darmastadt, en el grupo dirigido por el Prof. Peter Armbruster, y participé en experimentos que buscaban la producción de átomos con Z=110. Pasé otro año en el Centro Nacional de Investigaciones Científicas de Francia, invitado por el grupo dirigido por Bernard Borderie, dedicado al estudio de la colisión de iones pesados en el acelerador lineal GANIL de Caen.
En 1988, cuando me encontraba como investigador invitado en el Instituto Carnegie Mellon de Pittsburgh, en el grupo dedicado a la colisión de iones pesados (realizamos un experimento en Berkeley) dirigido por Morton Kaplan, el Dr. Víctor Latorre fue nombrado presidente del IPEN. Esa fue una oportunidad para volver al IPEN. Lo hice tan pronto como fue posible y, desde ese año, sigo en el IPEN y en la Facultad de Ciencias de la UNI.
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