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Lima -
Un semillero de científicos peruanos
Ellos no son genios pero poseen un gran interés por la ciencia y la tecnología. La casa del físico nuclear Modesto Montoya se ha convertido en un club de pequeños científicos, donde chicos entre 7 y 13 años de edad acceden a la química y la electrónica

Sábado, 10:30. a.m. La clase ya empezó. Solo que aquí no hay pizarras, no se usan cuadernos ni tampoco existe un profesor que le pone nota al conocimiento. Sobre las mesas están colocados cables, desarmadores, baterías y pequeños focos. Francisco Flores, de 8 años, y Jesús Huamán, de 10, desarrollan concentrados los circuitos electrónicos que van leyendo y descifrando de una separata llena de símbolos. Su guía, el ingeniero electrónico Edilberto Huamán, observa su trabajo.

Unos metros más allá, César de 7, Sofía de 8 y Gabriela de 7 han comenzado su misión: descubrir los ácidos y las bases de unas sustancias por sus olores y colores. La bióloga Gladys Torres dice en voz alta: la regla es una sola, preguntar y experimentar. ¡Y sí que interrogan! No paran de hacerlo. ¿Qué es un ácido? ¿Y qué una base? "Bueno, tenemos que aprenderlo experimentando", señala el inquieto César. Allí está la clave del avance de estos chicos. No habrán terminado la primaria, pero ese no es un impedimento para que se conviertan en unos 'tromes' de los talleres de electrónica y química experimental del Centro de Preparación para la Ciencia y la Tecnología (Ceprecyt), fundado en 1992 por el físico nuclear Modesto Montoya, quien ha convertido hoy los ambientes de su casa en una suerte de club de pequeños científicos. Al también presidente del Instituto Peruano de Energía Nuclear (IPEN) lo encontramos disfrutando de las experiencias de los niños. "Esto es muy grato. Es compartir el conocimiento como un juego", señala Montoya, quien ha reunido a jóvenes profesionales para que dicten los talleres.

ENSEÑANZA LÚDICA

Por ahora, trece niños integran el Ceprecyt. No crea que son unos superdotados, sino chicos con unas inmensas ganas de aprender, descubrir y experimentar por sí mismos los conocimientos que muchas veces leen en los libros y que a simple vista les parecen complicados. Algunos hasta tienen antecedentes de haber desarmado sus juguetes y relojes o de haber intentado jugar al doctor con su mascota.

A muchos de los chicos que han pasado por estos talleres les ha servido la experiencia para definir su vocación. "Esa es la idea, descubrir y desarrollar su talento", añade Modesto Montoya, quien cuenta que de niño no tuvo un curso para hacer experimentos, pero por curiosidad conoció cómo se hacían las mezclas de sustancias para hacer teñidos en la fábrica donde trabajaba su padre. Quizá ese fue su primer acercamiento a la química y la física.

Durante dos horas los niños permanecen sumergidos en sus talleres. Es curioso, pero al menos todo el tiempo que permanecimos los hemos escuchado reír como si jugaran. ¿Quién dijo que aprender electrónica o química experimental es una cosa aburrida? Estos chicos demuestran todo lo contrario y destierran una imagen errada de la ciencia, supuestamente exclusiva para genios. Allí están, ellos pueden ser nuestros futuros científicos.

Fabiola López Torres

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